I don’t know. I do not know what I do in this life, and worse, I still do not know who I am. I’m not sure if the millions of inhabitants of the planet know it as well; surely not. Surely, we don’t have a purpose –although I would like to lie to myself saying that we do– and we are doomed to walk through the infinite fabric of the universe; a black desert of nothing. But what if it’s not like that? In 1968 an astronaut, a little rebel, pulled out a camera, turned around and in an act of unconscious heroism he took a picture of our land, our home: Earth.

Suddenly, abruptly, everything changed. All technological advances, all science and all knowledge that was leading us to the exploration of the universe, paused for a moment. We had, for the first time in our hands, the portrait of our entire Earth. A small blue sphere, an oasis of life, that wanders through these corners of the universe, which has in itself all events in all history that once made someone laugh, mourn, or suffer. We were going far away, perhaps unstoppably, but we were forgetting something. We were forgetting ourselves, our home. We walked for so long without a mirror to show us once and for all which is our true home, our true origin that has no natural borders, our true nature as humans, that we also began to forget who we are and who are our brothers.

And it was with that picture that we discovered that it’s not where we’re going, but why we came here what really matters. We realized that we can go anywhere in the universe, with a little imagination and effort. But, if we don’t know who we are, what we want, what we love, why to go so faraway? We can go and get back from the stars, but we will always miss something; we will never be satisfied, always wanting to go further, above. And all this will persist until we realize that all we need -and will always need- exists in this place of nothing that we call earth, and also within our own souls.

For me, despite what many say, that picture was worth it all and is one of the most important things we have gotten from space exploration. Because it gave us another way of comprehending, a new way of perceiving ourselves, of contemplating ourselves, of seeing us in an unknown mirror; it gave us a new kind of self-consciousness. And it is only with this consciousness, in which we do not only see ourselves reflected in that picture as humanity, but also the entire extraordinary life surrounding us, and observe the insignificant differences between us, the abysmal similarities we share. The picture gave us the opportunity to recognize that there are no borders, that there shouldn’t be any, that we are all an inexorable part of our mother nature, and that we can never be separated from it. We could finally notice the beautiful fragility of our planet, which is not in any way as many think an inexhaustible source of exploitable resources, but whose sole purpose is to satisfy the absurd growth of an economy that cares little for the welfare of all life.

And it is only through this recognition that love, and a true respect can finally emerge from our insides towards all the life around us, towards all beings with whom we are incalculably interconnected. Then we can finally look ourselves in the eye; look at all the bad that we have inflicted upon our brothers and to the earth that hosts us, in order for us to start to change. Perhaps we do not need to know our purpose, perhaps we just have to be, but even in that simple act of existence we need enough courage and love to look back and hug the beauty of life that flourishes in this jewel of the universe we call Home.

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No sé. No sé qué hago en esta vida, y peor aún, todavía no sé quién soy. Tampoco estoy seguro si los millones de habitantes del planeta también lo saben, seguramente no. Seguramente no tenemos un propósito – aunque me gustaría mentirme a mí mismo diciendo que sí lo tenemos- y estamos condenados a caminar por la tela infinita del universo, en un desierto negro de nada. Pero, ¿y si no es así? En 1968 un astronauta, un pequeño rebelde, sacó una cámara, se dio la vuelta y en un acto de inconsciente heroísmo tomó una fotografía de nuestra tierra, de nuestro hogar.

De repente, súbitamente, todo cambió. Todos los avances tecnológicos, toda la ciencia y todo el conocimiento que nos estaba dirigiendo a la exploración del universo, se detuvo por un momento. Teníamos por primera vez en nuestras manos el primer retrato de toda nuestra tierra. Una pequeña esfera azul, un oasis de vida, que vaga por estos rincones del universo, que posee en sí misma todos los eventos de toda la historia que alguna vez en algún tiempo hicieron reír, llorar, o sufrir a alguien. Estábamos yendo lejos, quizás imparablemente, pero se nos olvidaba algo. Nos estábamos olvidando de nosotros mismos, de nuestro hogar. Anduvimos tanto tiempo sin tener un espejo que nos mostrara de una vez por todas cual es nuestro verdadero hogar, nuestro verdadero origen que no tiene fronteras naturales, nuestra verdadera naturaleza como humanos, que se nos empezó también a olvidar quienes éramos, y quiénes eran nuestros hermanos.

Y fue con esa foto que descubrimos que no es a donde vamos, sino el por qué venimos lo que realmente importa. Nos dimos cuenta que podemos ir a cualquier lugar del universo, con un poco de imaginación y esfuerzo. Pero, ¿y si no sabemos quiénes somos, qué queremos, qué amamos, de que sirve ir a la lejanía? Podremos ir y volver de las estrellas, pero algo siempre nos faltará: nunca estaremos satisfechos, siempre querremos ir más lejos, más arriba. Y todo esto persistirá hasta que nos demos cuenta que todo lo que necesitamos, y necesitaremos siempre está en este lugar de nada al que llamamos tierra, y dentro de nuestras propias almas.

Para mí, a pesar de lo que muchos digan, esa foto que se tomó lo valió todo y es una de las cosas más importantes que sacamos de la exploración espacial. Porque nos dio otra manera de conocer, una manera nueva de sabernos, de contemplarnos, de vernos en un espejo inédito: nos dio una nueva clase de auto consciencia. Y es solamente con esta consciencia, en la que no solamente nos vemos reflejados en esa foto a nosotros como humanidad, sino también a toda la vida extraordinaria que nos rodea, y observar las insignificantes diferencias que nos separan, las semejanzas abismales que compartimos. Nos dio la posibilidad de reconocer que no hay fronteras, que no debería haberlas, que todos somos parte inexorable de nuestra madre naturaleza, y que jamás podremos separarnos de ella. Pudimos finalmente advertir la hermosa fragilidad de nuestro planeta, que no es de ninguna manera como muchos piensan una fuente inagotable de recursos explotables cuyo único fin es satisfacer el crecimiento absurdo de una economía que le importa poco el bienestar de todos.

Y es solo a través de este reconocimiento que un amor y un verdadero respeto puede finalmente aflorar desde nuestros adentros hacia toda la vida que nos rodea, hacia todos los seres con quienes estamos incalculablemente interconectados. Entonces podremos mirarnos finalmente a los ojos, mirar todo lo mal que le hemos hecho a nuestros hermanos y a la tierra que nos acoge, para empezar a cambiar. Quizás no necesitemos saber nuestro propósito, tal vez solo tenemos que ser, pero incluso en ese simple acto de existencia necesitamos el suficiente coraje y amor como para regresar la mirada y abrazar la hermosura de la vida que florece en esta joya del universo que llamamos Hogar.

Written by Jose Paulo Morales

Edited by Hannah Cook and Emily Perotti

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